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Fecha de publicación: 15 de Enero de 2026 a las 00:25:00 hs

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Medio: INFOBAE

Categoría: GENERAL

La caída del “capo dei capi” de la Cosa Nostra: de una infancia dura al líder más temido de la mafia siciliana

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Descripción: A 33 años del arresto de Salvatore “Totó“ Riina, una reconstrucción de los hechos que marcaron su carrera criminal, la ofensiva judicial en su contra y el operativo secreto que terminó con 25 años de clandestinidad

Contenido: A Salvatore “Totò” Riina, capo mafioso de la Cosa Nostra, lo conocían como “La belva” (La bestia). También, por su baja estatura, como “u curtu” (el corto), como pronuncian los sicilianos utilizando mucho la letra U. Medía 1,58 metros. Este hombre, nacido en 1930 en Corleone, un pueblo del interior de Sicilia, vecino a Palermo, sembró el terror durante largas décadas, tanto entre los pobladores como dentro de la propia organización.

Corleone remite inevitablemente a la saga El Padrino, como el lugar de origen de Vito Andolini, quien al llegar a Estados Unidos recibe por una confusión del funcionario de inmigración el apellido Corleone: Vito Corleone.

Desde 1969 pesaba sobre él una orden de detención; sin embargo, fue capaz de permanecer en la clandestinidad durante 25 años.

El capo dei capi murió en 2017 mientras cumplía múltiples condenas a prisión perpetua. Bajo su mando, a partir de los años setenta, fue responsable de ordenar más de un centenar de asesinatos, incluidos los de los jueces antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, en 1992. Por si fuera poco, fue uno de los cerebros de los atentados de 1993 que dejaron diez muertos en Roma, Milán y Florencia. Durante mucho tiempo negó pertenecer a la Cosa Nostra. Recién en 2009, luego de una sanguinaria carrera delictiva, admitió parcialmente su papel.

Salvatore, que llevaba el nombre de su abuelo, nació en el seno de una familia campesina, numerosa y humilde. Su padre trabajaba en la finca del barón Guglielmo Inglese y, en su tiempo libre, labraba la tierra que su esposa había heredado de su padre. Totò era el segundo de seis hermanos. La mayor era Caterina (1928-2008); después de él nacieron Gaetano (1933-2024), Francesco (1936-1943), Arcangela (1939-2019) y Giovanna Francesca (1943).

La tragedia lo golpeó a los 13 años y, según testimonios de la época, fue la única vez que lo vieron llorar en público. Perdió a su padre y a su hermano menor, Francesco, en un accidente del que él se salvó de milagro. Su padre intentaba extraer pólvora de un proyectil de un cañón estadounidense que habían encontrado en un terreno, con la intención de revenderla. También estaba allí su hermano Gaetano, quien resultó herido por metralla en la cara y una pierna. Totò, que se encontraba sentado en un rincón, lejos del artefacto, salió ileso.

El funeral de su padre y de su pequeño hermano se realizó en la iglesia de Santa Rosalía, en Corleone, una de las tantas erigidas en el pequeño pueblo conocido como la città delle cento chiese (la ciudad de las cien iglesias), muchas de ellas del Medievo y el Renacimiento, cuyas campanas al unísono reflejan la profunda religiosidad de sus habitantes.

Viuda y a cargo de tantos hijos, su madre, María Concetta Rizzo, llevaba a los chicos a la plaza para ofrecerlos como jornaleros. Así fue como Salvatore encontró una actividad violenta y más redituable en la banda de Luciano Liggio, de la que también formaba parte su tío paterno, Giacomo. Robaban granos y ganado.

Riina participó de una ceremonia de iniciación mafiosa, con el punciutu: un pinchazo con una espina de una rama de naranjo amargo que le dio el propio Luciano Liggio, para que brotara sangre. Esa sangre se utilizaba para manchar una imagen sagrada. El iniciado sostenía la estampa mientras era prendida fuego lentamente y juraba lealtad. Se trataba de un compromiso de obediencia absoluta, silencio y fidelidad a la organización, por encima incluso de los lazos familiares.

La banda de Liggio respondía al jefe mafioso de Corleone, el doctor Michele Navarra, médico cirujano y delincuente profesional.

El 10 de marzo de 1948, Riina fue indirectamente responsable, junto con Luciano Liggio, del asesinato del sindicalista socialista Placido Rizzotto.

Al año siguiente, en medio de una pelea que venía escalando en violencia, y sin haber cumplido los 20 años, mató a un joven de su edad, Domenico Di Matteo, disparándole en las piernas. Los balazos desgarraron su arteria femoral. Durante el enfrentamiento, Riina también recibió disparos en las piernas por parte de un primo de la víctima que se encontraba en el lugar. Logró escapar y se refugió en la casa de su tío Francesco, quien lo llevó al hospital, donde fue operado de urgencia.

Luego llegaron los interrogatorios por la muerte de Domenico. En los dos primeros negó todo. En el tercero admitió haber disparado una sola vez, versión que fue desmentida por los testigos.

El doctor Navarra sugirió que se entregara a la policía para minimizar los daños. Fue juzgado por homicidio agravado, tentativa de homicidio y posesión ilegal de armas. Así, a los 19 años, fue condenado a 16 años y cinco meses de prisión.

Su primer destino fue la histórica cárcel de Ucciardone, en Palermo, una de las más antiguas de Italia y durante décadas el principal centro de detención de mafiosos sicilianos. En los años setenta y ochenta la llamaban irónicamente el grand hotel: gozaban de privilegios, protección y una vida cómoda entre rejas. Comían langosta, vestían ropa de marcas de lujo italiano, recibían visitas de “señoritas” y seguían manejando negocios.

De Ucciardone, Totò fue trasladado primero a Milazzo y luego a Casale Monferrato, en el Piamonte. Al comienzo su conducta fue pésima, pero con el tiempo se convirtió en un preso modelo. Tenía 22 años cuando se inscribió en tercer grado: había cursado primero y segundo hasta que su padre lo sacó de la escuela primaria para “zappare la terra”, remover la tierra con la zappa, una tarea dura incluso para un adulto.

Tras un nuevo traslado, se vio impedido de terminar cuarto grado. Su condena quedó finalmente reducida a 12 años y cuatro meses de prisión.

Había pasado poco más de seis años encarcelado cuando se le otorgó la libertad condicional. En septiembre de 1955 regresó a Corleone y volvió a ponerse bajo las órdenes de Liggio, que continuaba robando ganado, faenando de forma clandestina y entregando la carne a carniceros palermitanos en camiones también sustraídos.

Liggio ambicionó quedarse con todo el poder y ordenó el asesinato de Michele Navarra. Luego debieron disputarse el control con otros hombres leales al antiguo jefe, lo que dio origen a la llamada Guerra de la Mafia de Corleone, que dejó un saldo de 140 muertos. Se cree que Riina jugó un rol destacado en esa masacre.

En 1969, Liggio y Riina fueron arrestados y juzgados por asesinatos cometidos a comienzos de la década, pero lograron ser absueltos tras amenazas de muerte a jurados y testigos. Recuperaron la libertad ese mismo año, aunque pronto debieron pasar a la clandestinidad, acusados de nuevos crímenes, tanto de mafiosos rivales como de policías.

En 1974, Luciano Liggio fue arrestado y encarcelado por el asesinato de Michele Navarra, cometido dieciséis años antes, y Salvatore Riina se convirtió en el jefe indiscutido de los Corleonesi.

Al frente del clan, Riina se apoderó de todas las actividades más rentables de la mafia, desde el tráfico de drogas hasta los secuestros y la extorsión, tras una guerra que en los años ochenta causó cientos de muertos entre las familias mafiosas de Palermo.

Los principales enemigos de los Corleonesi eran Stefano Bontade, Salvatore Inzerillo y Gaetano Badalamenti, jefes de algunas de las familias más poderosas de la ciudad. Riina decidió eliminarlos uno por uno. El 23 de abril de 1981, Bontade fue acribillado. Apenas unas semanas después, el 11 de mayo, Inzerillo corrió la misma suerte.

En 1982, tras una escalada de violencia sin precedentes, “La Bestia” alcanzó la cima del poder mafioso y se convirtió en el jefe de “La Cúpula”, el órgano máximo de la Cosa Nostra. Su liderazgo no admitía discusiones: el terror garantizaba obediencia.

Desde allí impuso un nuevo rumbo a la organización. Amplió los negocios criminales y, en paralelo, puso en marcha una estrategia sistemática de corrupción. Políticos, jueces y policías fueron comprados; quienes se resistían, eran eliminados.

Durante un tiempo, el método pareció funcionar. Aunque Riina era formalmente buscado, en los hechos casi nadie interfería en las operaciones de la Cosa Nostra ni avanzaba con decisión para capturarlo.

Sin embargo, un sector de la Justicia italiana decidió enfrentarlo. A comienzos de los años noventa, el juez Giovanni Falcone y el fiscal Paolo Borsellino se pusieron al frente de la ofensiva del Estado contra la mafia. Sus investigaciones lograron detenciones y condenas históricas. Vivían bajo amenazas constantes y padecían, además, las maniobras dilatorias y los obstáculos de colegas y superiores.

El 23 de mayo de 1992, Falcone, su esposa y tres custodios murieron al estallar una bomba colocada bajo la autopista que une Palermo con su aeropuerto. El atentado fue ejecutado por Giovanni Brusca, uno de los hombres de confianza de Riina. Menos de dos meses después, el 19 de julio, Borsellino y cinco de sus guardaespaldas fueron asesinados con un coche bomba.

Riina creyó haber ganado la pulseada. Pero esos crímenes marcaron, en realidad, el comienzo de su caída. Otros magistrados retomaron la lucha y un grupo especial de Carabineros se abocó a su captura, muchas veces trabajando a espaldas de sus propios jefes para evitar filtraciones y sabotajes.

Dentro de los Carabineros se creó un grupo ultrasecreto con nombre en clave “Crimor”. Sus integrantes operaban con identidades falsas, no convivían con sus familias por razones de seguridad y contaban con un alto nivel de entrenamiento en armas. Su principal fortaleza, sin embargo, no era la acción directa sino el trabajo de inteligencia, vigilancia y espionaje electrónico.

En los registros oficiales, “Crimor” figuraba como una unidad más de la División de Operaciones Especiales, pero su existencia era conocida por muy pocos. El grupo estaba comandado por el capitán Sergio De Caprio, cuya identidad se mantenía en secreto y a quien sus hombres llamaban “Último” o “Capitán Último”.

Para enero de 1993, el equipo seguía dos pistas que podían conducir al escondite de Riina. Una los llevó hasta un hijo de Raffaele Ganci, jefe de un clan subordinado a “La Bestia”. Sospechaban que actuaba como correo entre Ganci y Riina. Iniciaron una vigilancia, pero lo perdieron en la vía Bernini. Más tarde sabrían cuán cerca habían estado: Riina vivía en esa misma calle.

En paralelo, otro grupo buscaba a Baldassare Di Maggio, un mafioso oculto en el Piamonte. Gracias a una delación, lo capturaron el 8 de enero. No tardó en hablar. La información que entregó fue decisiva: la dirección del refugio de Riina, en la vía Bernini 54.

El dato podía estar desactualizado, pero Último decidió comprobarlo. Montaron vigilancia con cámaras sobre el chalet y las casas vecinas. No obtuvieron imágenes de Riina, pero sí de una mujer y varios niños. Di Maggio los reconoció de inmediato: eran la esposa y los hijos de “La Bestia”.

La actividad en la vivienda era mínima. El operativo quedó definido: si Riina regresaba, lo detendrían dentro; si salía, lo capturarían en la calle.

El 15 de enero de 1993, a las 8.55, Salvatore Riina, el hombre más buscado de Italia, salió de la casa y subió a un auto con chofer. Dos cuadras más adelante, el comando de “Crimor” interceptó el vehículo y detuvo a sus ocupantes sin resistencia.

—Riina Salvatore, está usted detenido por los Carabineros —le dijo Sergio De Caprio al hombre de baja estatura que viajaba en el asiento trasero.

“Se equivoca, soy un contador que va hacia su trabajo”, respondió el hombre de baja estatura, que vestía un traje común, amarronado y algo raído, y una camisa blanca a cuadros. Para demostrarlo, exhibió un documento con un nombre que nunca trascendió.

Los días de libertad de “La Bestia” habían llegado a su fin.

El capo dei capi, como lo definían dentro y fuera de la organización, murió a los 87 años, tras las rejas, el 17 de noviembre de 2017.

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