Fecha de publicación: 15 de Enero de 2026 a las 00:22:00 hs
Medio: INFOBAE
Categoría: GENERAL
Descripción: El 15 de enero de 1919 “El Águila de la Revolución”, como la llamaba Lenin, y el dirigente socialista Karl Liebknecht fueron capturados por un grupo parapolicial a las órdenes del gobierno alemán. Los ejecutaron y luego intentaron encubrir el crimen. Más de cuatro décadas después, el jefe de los ase
Contenido: “El liderazgo ha fallado. Incluso así, el liderazgo puede y debe ser regenerado desde las masas. Las masas son el elemento decisivo, ellas son el pilar sobre el que se construirá la victoria final de la revolución. Las masas estuvieron a la altura; ellas han convertido ésta en una de las derrotas históricas que serán el orgullo y la fuerza del socialismo internacional. Y esto es por lo que la victoria futura surgirá de esta derrota. ¡El orden reina en Berlín! ¡Estúpidos secuaces! Vuestro ‘orden’ está construido sobre la arena. Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con su fanfarria, para terror vuestro: ¡Yo fui, yo soy y yo seré!”, escribió Rosa Luxemburgo la noche del 14 de enero de 1919 sin saber que esa proclama encendida sería su último texto. Era consciente de que el levantamiento popular había fracasado, pero tenía confianza en una victoria en el futuro.
También sabía que debía dar un mensaje. “El Águila de la Revolución”, como la había llamado Lenin o “Rosa, la Sangrienta”, como la bautizaron sus enemigos, era la mujer más famosa de Alemania: líder del recién creado del Partido Comunista, autora de varios libros de teoría marxista, impulsora de una liberación de la mujer que sólo podría alcanzarse junto con la revolución socialista, oradora flamígera y combatiente decidida de la lucha insurreccional que se desarrollaba en las calles.
En aquel frío enero de 1919 una ola revolucionaria sacudía a Alemania, pese a que algunos líderes comunistas -incluida Rosa Luxemburgo- no habían promovido esa explosión insurreccional. En respuesta al levantamiento, Friederich Ebert, el presidente de la inestable República de Weimar -como se llamó Alemania tras la derrota en la Primera Guerra Mundial- y líder socialdemócrata, dio vía libre a los “Cuerpos libres”, una milicia nacionalista de ultraderecha, para que reprimieran el levantamiento y se deshicieran de sus dirigentes.
Entre todos ellos, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron las primeras víctimas, ejecutadas al día siguiente por una orden secreta de un gobierno que nunca quiso admitir esos crímenes y trató de ocultarlos detrás de una supuesta escaramuza callejera. Los socialdemócratas en el poder temían que, si se sabía la verdad, se desatara una nueva insurrección.
Rosa Luxemburgo nació el 5 de marzo de 1871 en Zamość, cerca de Lublin, Polonia, por entonces dominada por la Rusia zarista, en el seno de una familia de origen judío. Era la quinta hija de un matrimonio de comerciantes acomodados. A los cinco años, un diagnóstico equivocado de tuberculosis ósea la obligó a permanecer con una pierna enyesada durante casi un año, lo que le provocó una cojera permanente. Contra las costumbres de la época, sus padres decidieron que estudiara. Asistió al Liceo Femenino en Varsovia y ya en su adolescencia, con sólo 15 años, se sumó al partido izquierdista Proletariat.
Esa militancia la obligó en 1889 a refugiarse en Suiza para huir de la represión y en la Universidad de Zurich estudió de manera simultánea filosofía, historia, política, economía y matemáticas. Allí conoció los textos de Marx y se especializó en sus escritos económicos, al tiempo que intensificaba su militancia socialista. Desde el exilio, pero en contacto con otros dirigentes de la izquierda polaca, participó de la creación del Partido Socialdemócrata del Reino de Polonia, cuyos principales documentos teóricos escribió desde Suiza.
Era una internacionalista convencida. Creía que una revolución socialista en su país natal no era posible por sí sola, sino que sería consecuencia de lo que ocurriera en Rusia, Alemania y Austria. Eso la decidió a radicarse en Alemania. Corría 1898 y cuando contaba con 27 años, obtuvo la ciudadanía alemana al casarse con Gustav Lübeck, el hijo de una amiga, y se radicó en Berlín. Fue un casamiento de circunstancias, aceptado por su flamante “marido”, ya que Rosa Luxemburgo tenía una pareja estable con Leo Jogiches, también revolucionario polaco que vivía en Zurich.
Poco después de instalarse en Alemania, Rosa Luxemburgo se incorporó al ala izquierda del Partido Socialdemócrata, donde su formación teórica y su compromiso político hicieron que pronto se transformara en una de sus dirigentes. Por esos años, otro líder socialdemócrata –también de origen judío como ella– la describía así: “Rosa era pequeña, con una cabeza grande y rasgos típicamente judíos, con una gran nariz, un andar difícil, a veces irregular debido a una ligera cojera. La primera impresión era poco favorable, pero bastaba pasar un momento con ella para comprobar qué vida y qué energía había en esa mujer, qué gran inteligencia poseía, cuál era su nivel intelectual”.
Demostró también ser una gran oradora, incluso en un idioma que no le era propio. En una carta a Jogiches -su compañero sentimental- le cuenta: “No tienes idea del efecto que han tenido mis intentos de hablar en reuniones públicas. ¡Yo no creía que pudiera hacerlo! Pero aproveché una oportunidad y ahora estoy segura de que en cuestión de seis meses seré una de las mejores oradoras del partido. La voz, el lenguaje... Todo me brota con precisión. Y más importante, me paré en la tribuna con tanta calma que parecía que lo hubiera estado haciendo durante 20 años".
Su camino hacia el liderazgo en el Partido Socialdemócrata Alemán era imparable. Enseñaba marxismo y economía en la “escuela de dirigentes” del partido, que en 1907 la envió a Londres como representante al V Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, donde se entrevistó con Lenin. En 1912 participó del congreso de los partidos socialistas europeos, donde junto con el francés Jean Jaures propuso que, si estallaba la guerra, los partidos obreros de Europa debían llamar a una huelga general. El gobierno alemán ya la tenía en la mira, tanto por su marxismo como por posición pacifista en oposición a la inminente guerra y por sus abiertos llamados a la objeción de conciencia para evitar la incorporación al Ejército. La detuvieron varias veces por “incitar a la desobediencia contra la ley y el orden de las autoridades”. Rompió con los socialdemócratas en 1914, luego de que el partido cambiara de rumbo y le diera su apoyo al Kaiser Guillermo II para que Alemania entrara en la Primera Guerra Mundial.
La desilusión y el enojo de muchos socialistas llevó a la creación de la Liga Espartaquista donde Luxemburgo y Karl Liebknecht se erigieron como líderes. Los espartaquistas comenzaron con un proselitismo abierto contra la guerra y denunciaron la “claudicación” de los socialdemócratas, quienes le garantizaban al Kaiser que no habría huelgas mientras durara la guerra.
Mientras se consolidaba como dirigente socialista, Rosa Luxemburgo inició también una militancia feminista, a la que no concebía separada de la lucha revolucionaria. “Quien es feminista y no es de izquierda, carece de estrategia. Quien es de izquierda y no es feminista, carece de profundidad”, sostenía. Por esos años se vinculó con Clara Zetkin, una de las principales impulsoras del movimiento de la liberación femenina a nivel internacional y directora del periódico femenino Igualdad, en el que escribía. Juntas impulsaron la creación del Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
En La mujer proletaria, un texto de 1914, desarrolló esas ideas: “El capitalismo fue el primero en sacarla (a la mujer) de la familia y ponerla bajo el yugo de la producción social, forzada a los campos de otros, a talleres, edificios, oficinas, fábricas y almacenes. Como mujer burguesa, la hembra es un parásito de la sociedad; su función consiste en compartir el consumo de los frutos de la explotación. Como mujer pequeño burguesa, ella es un caballo de batalla para la familia. Como mujer proletaria moderna, la mujer se convierte en un ser humano por primera vez, ya que la lucha [proletaria] es la primera en preparar a los seres humanos para que contribuyan a la cultura, a la historia de la humanidad”, escribió.
Allí sostenía que el antagonismo hombre–mujer se daba en el marco del antagonismo de clases: “La mujer burguesa no tiene ningún interés real en los derechos políticos, porque no ejerce ninguna función económica en la sociedad, porque disfruta de los productos terminados de la dominación de clase (…) La mujer proletaria necesita derechos políticos porque ejerce la misma función económica, la esclaviza el capital de la misma manera y es desangrada y reprimida por el Estado de la misma manera que el proletario masculino. Ella tiene los mismos intereses y toma las mismas armas para defenderlos. Sus demandas políticas están arraigadas profundamente en el abismo social que separa la clase de los explotados de la clase de los explotadores, no en el antagonismo entre hombre y mujer sino en el antagonismo entre el capital y el trabajo”, explicaba.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, toda Europa estaba en ebullición por la Revolución Bolchevique de 1917, por las secuelas de un conflicto que había dejado veinte millones de muertos y porque todavía seguían en armas millones de soldados, los del Ejército Rojo soviético y las tropas rusas blancas aliadas a más una decena de naciones de Europa oriental que querían ahogar aquella marea comunista. El Alemania, el Kaiser Guillermo II tenía los días contados. El 9 de noviembre de 1918, en medio de una gran conmoción política y social –motorizada por levantamientos obreros– debió abdicar y se formó un gobierno socialdemócrata conducido por Philipp Sheidemann, que proclamó la Republica alemana desde una ventana del Reichstag.
Sin embargo, el poder estaba en disputa. Horas después de esa proclama Karl Liebknecht, que dirigía junto con Rosa Luxemburgo la Liga Espartaquista, anunció la creación de la Republica Socialista Libre de Alemania, que incluía la formación de consejos de obreros y soldados, como había ocurrido en la Revolución Rusa en octubre de 1917. El gobierno socialdemócrata –claramente anticomunista– logró el apoyo del Estado Mayor del ejército para reprimir los levantamientos y frenar la insurrección revolucionaria. Para lograrlo de manera completa, ordenó acabar con los dirigentes espartaquistas.
La oleada revolucionaria parecía imparable. Para enero, los espartaquistas –sin el apoyo de Luxemburgo ni de Liebknecht– volvieron a las calles. Ante el hecho consumado, los dos dirigentes decidieron sumarse. Pero la represión, que el gobierno puso en manos de grupos paramilitares para no quedar expuesto, fue sanguinaria.
El miércoles 15 de enero de 1919, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron detenidos y trasladados a la sede de la Guardia de Caballería de los freikorps, un grupo paramilitar de ultraderecha, en el Hotel Eden. Apenas los tuvo en su poder, el jefe del grupo, el capitán Waldemar Pabst, se lo informó al ministro del Ejército, el socialdemócrata Gustav Noske, y le preguntó qué debía hacer con ellos. Recibió la orden de matarlos, pero sin que quedara en evidencia la responsabilidad del gobierno.
El primero en morir fue Liebknecht. Lo llevaron a un parque cercano al hotel y lo fusilaron. La versión fue que había intentado escapar y que había sido capturado por civiles que lo mataron a balazos.
Rosa Luxemburgo lo sobrevivió apenas unas horas. Su asesinato, según el relato hecho por Pabst en 1962, fue así: el grupo de ejecución estaba al mando del teniente Vogel; Luxemburgo fue tomada de los pelos y arrastrada escaleras debajo de la habitación del hotel donde estaba cautiva, mientras le pegaban; el soldado Otto Runge la golpeó con la culata de su fusil en la cabeza y la dejó inconsciente; agonizante, la subieron en un coche donde el oficial Hermann Souchon le dio un tiro final en la sien. Su cuerpo fue arrojado en un canal, donde apareció flotando cuatro meses después. Fue identificada por sus ropas.
En este caso, el relato oficial fue similar al de la muerte de Liebknecht: “Rosa, la sangrienta” había huido del hotel y fue reconocida por una turba que la capturó y la mató.
Pasaron más de cuatro décadas antes de que uno de los asesinos de Luxemburgo y Liebknecht reconociera la verdad. La Guerra Fría estaba en uno de sus puntos más altos y el muro partía en dos a Berlín cuando en 1962, quizás motivado por el potente clima anticomunista y el temor al avance soviético en Europa, el capitán Waldemar Pabst se jactó de haber cometido el crimen político más resonante de la Alemania previa al nazismo.
“En enero de 1919 yo participé de una reunión del KPD (Partido Comunista Alemán), durante la cual hablaron Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Me llevé la impresión de que los dos eran los líderes espirituales de la revolución y me decidí a hacer que los mataran. Por órdenes mías ambos fueron capturados. Alguien tenía que tomar la determinación de ir más allá de la perspectiva jurídica. No me fue fácil tomar la determinación de que los dos desaparecieran. Defiendo todavía la idea de que esta decisión también es totalmente justificable desde el punto de vista teológico-moral”, confesó Pabst a los 82 años, con una tranquilidad tan pasmosa como paralizante en un país que todavía no podía absorber el Genocidio cometido por el gobierno de Adolf Hitler.
Las palabras del ex capitán de la Wehrmacht y jefe del grupo parapolicial de asesinos confirmaron lo que la historia no oficial de Alemania venía diciendo desde la noche misma de los crímenes: que el 15 de enero de 1919 Rosa Luxemburgo no había sido asesinada por una turba enloquecida cuando trataba de huir luego de ser detenida, sino que su muerte había sido una decisión tomada en las más altas esferas del gobierno socialdemócrata.
Los restos de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht están enterrados en el cementerio berlinés de Friedrichsfelde, donde cada 15 de enero miles de manifestantes realizan una extensa y colorida movilización portando claveles rojos para dejarlos en el Monumento a los Socialistas.
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