Fecha de publicación: 3 de Enero de 2026 a las 00:00:00 hs
Medio: INFOBAE
Categoría: GENERAL
Descripción: Numerosos destinos al otro lado del Atlántico seducen con paisajes nevados, eventos culturales y una atmósfera invernal que invita a descubrir tradiciones y experiencias únicas
Contenido: Mientras en el hemisferio sur el termómetro marca temperaturas extremas, al otro lado del Atlántico el paisaje cambia de forma radical. Muchas regiones de Europa se cubren de un manto blanco y ofrecen una atmósfera de cuento.
Lejos de las playas y el sol abrasador, el invierno europeo propone una experiencia estética y cultural única: mercados navideños, auroras boreales y ciudades que evocan escenarios históricos llenos de encanto arquitectónico.
En este contexto, la prestigiosa publicación Condé Nast Traveler elaboró una selección minuciosa con los destinos más destacados. La revista, referente indiscutido en turismo de lujo y estilo de vida, resalta lugares donde la nieve y las bajas temperaturas no representan un obstáculo, sino el principal atractivo.
Para los amantes de la magia navideña, este sitio en la Laponia finlandesa resulta ineludible. Rovaniemi ostenta el título de la residencia oficial de Santa Claus. Aquí, la línea del círculo polar ártico atraviesa la ciudad y marca el inicio de una zona de oscuridad y nieve perpetua durante estos meses.
Su mayor espectáculo natural es la Aurora Boreal. Este fenómeno, conocido en física como luminiscencia atmosférica, ocurre cuando partículas solares chocan con la magnetosfera terrestre y pintan el cielo de tonos verdes y violetas.
La ciudad garantiza una infraestructura turística de primer nivel para observar este show celestial.
La capital checa posee una arquitectura gótica que el invierno realza con dramatismo. Las agujas de la Iglesia de Týn y el imponente Castillo de Praga se recortan contra cielos grises, mientras la nieve cubre las estatuas del famoso Puente de Carlos.
A diferencia de otras capitales, Praga conserva un aire bohemio y misterioso. Los visitantes recorren sus calles empedradas para refugiarse en tabernas antiguas y probar el vino caliente especiado. La ciudad evita la modernidad excesiva en su casco histórico, por lo que se siente un viaje temporal hacia siglos pasados.
Viena encarna la sofisticación imperial. Durante el invierno, la ciudad brilla con una iluminación elegante que decora sus amplios bulevares. Sin embargo, el verdadero refugio vienés se encuentra en sus interiores.
La cultura del café (reconocida como patrimonio inmaterial) cobra vital importancia: locales históricos donde el tiempo parece detenerse sirven torta Sacher y café melange. Además, la temporada de bailes y ópera alcanza su punto máximo en estos meses. Viena demuestra que el frío se combate mejor con vals, terciopelo y pastelería de alta escuela.
Si el objetivo apunta al deporte y la montaña, Zermatt aparece como la reina de los Alpes. Este pueblo se ubica a los pies del Matterhorn, esa montaña icónica de forma piramidal casi perfecta que adorna las cajas de chocolates. Lo distintivo de esta urbe radica en su política ambiental: prohíbe los automóviles con motor de combustión.
Solo circulan vehículos eléctricos o trineos tirados por caballos. Esto garantiza un aire puro y un silencio que solo rompen los esquiadores. Es el destino por excelencia para el après-ski, el término francés que define la actividad social y gastronómica tras la jornada deportiva.
A orillas del mar Báltico, la capital de Estonia ofrece una de las ciudades medievales mejor conservadas de Europa. Su casco antiguo, rodeado por murallas y torreones defensivos, adquiere una belleza especial bajo la nieve. Tallin combina esa estética histórica con una modernidad digital sorprendente.
El Mercado de Navidad en la plaza del Ayuntamiento suele ganar premios por su autenticidad. El frío cala hondo, pero los estonios saben contrarrestarlo con saunas y sopas contundentes. Es un destino ideal para quienes buscan precios más accesibles que en Escandinavia pero con un encanto similar.
Durante años, los turistas pasaban por alto la capital croata rumbo a la costa dálmata. Eso cambió. Zagreb se posicionó con fuerza gracias a su Adviento, un festival invernal que transforma la ciudad entera. Pistas de patinaje sobre hielo al aire libre, puestos de comida callejera con salchichas locales y música en vivo llenan los parques y plazas.
La ciudad se divide en Ciudad Alta y Ciudad Baja, conectadas por un funicular. En invierno, esa geografía escalonada permite vistas panorámicas de los tejados nevados que enamoran a cualquier fotógrafo.
Conocida como la puerta a los fiordos, Bergen posee un encanto marítimo inigualable. El barrio de Bryggen, con sus casas de madera de colores inclinadas por el paso del tiempo, destaca sobre el fondo blanco de las montañas.
Un fiordo (accidente geográfico que consiste en una entrada de mar estrecha y profunda formada por la inundación de un valle excavado por glaciares) ofrece aquí paisajes dramáticos. Aunque la lluvia y la nieve caen con frecuencia, el funicular Fløibanen sube al monte Fløyen y regala una vista que justifica cualquier contratiempo climático.
Ámsterdam en invierno evoca el concepto holandés de Gezelligheid. Este término intraducible refiere a una atmósfera acogedora, cálida y agradable que se siente al compartir tiempo con otros. Cuando la temperatura baja, los canales a veces se congelan y los locales patinan sobre ellos.
Además, el Festival de la Luz instala obras de arte lumínico sobre el agua, por lo que los paseos en barco se convierten en recorridos mágicos. Los museos de clase mundial, como el Rijksmuseum, ofrecen un escape cultural cálido y fascinante.
Para los viajeros extremos que buscan naturaleza salvaje, Ilulissat en Groenlandia representa la frontera final. Ubicada en la Bahía de Disko, esta localidad convive con icebergs colosales que flotan en el mar como catedrales de hielo.
En invierno, el sol apenas asoma, pero la luz crepuscular tiñe la nieve de colores pasteles. Aquí, el trineo de perros no es solo una atracción turística, también se puede experimentar como parte de la vida local. Es el lugar para desconectar del mundo moderno y sentir la inmensidad del Ártico en su estado más puro.
Venecia cambia su rostro en invierno. La masa turística del verano desaparece y deja paso a una ciudad melancólica y silenciosa. La niebla frecuente envuelve los canales y difumina los contornos de los palacios, lo que crea una atmósfera de ensueño.
El evento cumbre es el Carnaval de Venecia en febrero, donde las máscaras y los trajes de época devuelven el color a la Plaza de San Marcos. Visitar esta urbe con frío permite caminar sin agobios y descubrir la vida local auténtica que el calor del verano suele ocultar.
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