Fecha de publicación: 24 de Abril de 2026 a las 15:25:00 hs
Medio: INFOBAE
Categoría: ESPECTACULOS
Descripción: La modelo y periodista habló del duelo que atravesó y contó cómo la terapia, la soledad y el tiempo la ayudaron a volver a encontrarse
Contenido: Hubo un tiempo en que la vida de Chechu Bonelli parecía organizada alrededor de una estructura inamovible: una familia consolidada, tres hijas, una historia de amor de catorce años con Darío Cvitanich y una rutina construida sobre esas pequeñas certezas que parecen eternas… hasta que dejan de serlo.
Desde aquella ruptura que se hizo pública en junio pasado, la modelo y periodista deportiva atravesó un proceso silencioso, áspero, profundamente íntimo. Un duelo de esos que no siempre se ven, pero arrasan por dentro.
Porque, como ella misma confesó ahora con una honestidad brutal, hubo días en los que se sintió “tirada en el piso”, rota por una separación que —aseguóa— llegó a dolerle incluso más que la muerte de sus propios padres. Y sin embargo, entre los escombros, algo empezó a reconstruirse.
En las últimas horas, en una charla tan vulnerable como luminosa en Vuelta y media, Bonelli habló de esa nueva vida que comenzó a emerger después de la caída. Una vida donde la soltería dejó de ser sinónimo de vacío para transformarse, poco a poco, en una forma de reencuentro.
“Estoy disfrutando mucho de la soltería”, dijo, con una convicción que parecía nacida del aprendizaje. No lo dijo desde la revancha ni desde el despecho, sino desde un lugar mucho más profundo: el de alguien que logró volver a mirarse.
Porque ese fue, acaso, el gran hallazgo de este tiempo. Volver a tener tiempo para ella. Volver a salir a comer con amigas. Volver a sentirse linda frente al espejo. Volver a querer ponerse coqueta. Volver a reconocerse.
“Dentro de todo lo malo, lo bueno es que volví… volví”, repitió, como si necesitara escucharse decirlo. La frase no fue casual. Fue casi una declaración de supervivencia.
Con humor, aclaró que su presente no tiene nada de descontrol. “No estoy desbarrancando ni estoy con chabones ni nada de eso”, lanzó entre risas, al explicar que disfruta disponer de su tiempo cuando no está con sus hijas —a quienes comparte una semana y una semana con Cvitanich—.
Pero detrás de esa liviandad apareció también otra verdad menos cómoda. Porque la soledad, dijo, también tiene filo: “Me gusta la soledad… pero a veces es dura”.
Y en esa frase, apenas susurrada, entró todo: la libertad recuperada, pero también el vacío que puede dejar una historia terminada.
En ese tránsito apareció incluso un intento de volver a apostar al amor. El breve romance con Facundo Pieres —que sorprendió al mundo del espectáculo durante el verano— parecía insinuar una nueva oportunidad. Ella misma reconoció que no le resultó sencillo abrir nuevamente esa puerta.
“La relación con Facu, si bien duró poco, fue hermosa. Él me hizo muy muy bien en este tiempo”, contó días atrás, tras confirmarse la separación por diferencias de agenda. No hubo reproches. Solo gratitud.
Tal vez porque Chechu sabe mejor que nadie lo que costó volver a animarse. Y eso quedó todavía más claro cuando Sebastián Wainraich le preguntó si seguía elaborando el duelo. Su respuesta tuvo el peso de una confesión: “Estoy laburando muchísimo psicológicamente, haciendo terapia. Tengo que terminar de hacer este duelo”, dijo.
Después profundizó, sin filtros: “Después de catorce años en pareja, tres hijas, que se deshizo la familia… fue todo muy de golpe”.
Entonces habló de culpa. De errores. De revisar qué cosas hizo mal, qué cosas necesita sanar para una futura relación. Habló de aprendizaje. Y reveló que siente estar “en un noventa y cinco por ciento. Falta un poquitito, pero estoy encaminada”. Ese “poquitito” parecía contener todo lo que todavía duele.
Quizás el momento más conmovedor llegó cuando recordó una charla con su psicóloga. Allí admitió haber sentido culpa por padecer la separación con una intensidad que la descolocaba.
“Le pregunté si estaba mal sentir que este dolor era más fuerte que cuando perdí a mi papá y a mi mamá”, reveló. No era una comparación; era el intento desesperado de entender un dolor desconocido. “Nunca había sentido algo así”, dijo.
Y agregó una imagen devastadora: “Estuve hecha bosta. Tirada en el piso”. Pero enseguida apareció la otra Cecilia, la que se volvió a levantar. “Ver a esa Cecilia que sufrió y hoy a esta Cecilia que volvió a la vida me da mucho orgullo”.
Otra vez, la idea del regreso. Volver a la vida. Volver a sí misma. Tal vez por eso contó que muchas mujeres le escriben pidiéndole ayuda, consejos, hasta el teléfono de su psicóloga. Y ella les responde, porque entiende ese dolor, porque lo atravesó.
“Hay que laburarlo, dedicarle tiempo a uno, rodearse de la gente que hace bien y ponerle el pecho”, sostuvo.
En otro pasaje, con una mezcla de melancolía y aceptación, admitió una frustración íntima: había imaginado un amor para siempre. “Yo me había casado para toda la vida”, dijo. Quería repetir la historia de sus padres. Que solo la muerte los separara. No fue así, pero ya no lo cuenta desde la herida abierta. Lo cuenta desde la cicatriz.
Y quizás por eso cerró con una frase simple, casi liviana, pero cargada de todo lo que costó llegar hasta ahí: “Bueno… ya está. A otra cosa, mariposa”.
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